¿En qué se diferencia el pulpo Paul de un gestor de fondos? La principal diferencia, dejando aparte la “demostrada” fiabilidad de Paul para predecir el futuro del Mundial, es que a pesar de lo que nos divertimos con él, todos sabemos que detrás de las decisiones de un pulpo sólo puede haber azar.
Sin embargo, a los gestores de fondos y demás tribus del mundo financiero se les presupone y exige algún argumento sólido que justifique razonablemente sus pronósticos sobre el futuro. Si un gestor invierte en petróleo, necesitamos saber que lo hace por una “buena razón”. Esperamos entonces que esa justificación lógica haga más fiable las predicciones de un gestor o analista, que las de un pulpo con presuntos poderes psíquicos.
La pregunta que debemos hacernos entonces como especuladores es, ¿tiene sentido confiar más en un analista o gestor encorbatado que en un pulpo a la hora de invertir?
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…los propios Dioses luchan en vano.
Isaac Asimov utilizó este verso de Friedrich Schiller para titular y estructurar una de sus mejores novelas de Ciencia-Ficción, “Los propios Dioses”. En la novela, la humanidad ha encontrado por fin una fuente de energía aparentemente inagotable (un poco como el crédito financiero ilimitado), pero que esconde consecuencias inesperadas que a nadie le interesa mostrar mientras las cosas van bien. Los héroes de la novela luchan contra unas autoridades que, mientras busca falsos culpables para desviar la atención del público, se dedica a improvisar parches inútiles.
He recordado la novela de Asimov, además de por las similitudes con la actual crisis, porque desde hace semanas no deja de sorprenderme la inmensa estupidez con la que las autoridades y políticos varios afrontan la crisis, buscando culpables en actividades que ni siquiera son perjudiciales para la sociedad. Y al mismo tiempo, tomando iniciativas realmente perjudiciales para la economía. Veamos con un poco más de detalle algunas de esas perlas de estupidez supina:
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Salvador Dalí pintó este óleo, “Desprendimiento topológico de Europa”, poco antes de morir en 1983, fascinado por la Teoría de Catástrofes de René Thom. No sabemos si tenía en mente un futuro desmembramiento de Europa, el Euro aún no existía; pero su genial intuición tal vez nos mostró a través de las grietas lo que podría suceder unas décadas después.
A modo de firma, sustituyendo su nombre, aparece la ecuación llamada “cola de golondrina”, V = x5 + ax3 + bx2 + cx, una de las “catástrofes elementales” que René Thom llegó a clasificar para su teoría y motivo de la última obra del pintor.
En esencia, la Teoría de Catástrofes ilustra el hecho de que para unos datos objetivos similares de la realidad, la interpretación puede tornarse, de forma abrupta, totalmente distinta.
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Aunque desde mi punto de vista no compensa dedicar esfuerzos a intentar predecir el futuro comportamiento de los mercados (sabemos que hay otras formas de sacarle rentabilidad que no necesitan de ninguna predicción), afortunadamente hay mucha otra gente interesante que no piensa así.
Uno de ellos es el Dr. Didier Sornette, actualmente investigando en el ETH de Zurich (como el MIT de Boston, pero en Suiza). Sornette, cual Dr. Emmet Brown (Doc) en Regreso al Futuro, tiene una particular forma de intentar ver el futuro de los mercados, distinguiendo entre tres causas o fuerzas que producen y/o desencadenan sus movimientos:
1. “Efecto manada”. Los principales actores del mercado, al percibir la realidad de forma cambiante y estimar diferentes realidades futuras, repercuten con sus actos -comprando y vendiendo- en la propia realidad del precio. En términos de la Física Cuántica, diríamos que el vector estado (todo aquello que puede suceder) se ha colapsado en un vector real y por lo tanto medible (observable, como el precio). Así, una percepción que globalmente se torna bajista, se convierte realmente en bajista si se alcanza un umbral de volumen bajista suficiente, arrastrando al resto de la “manada”. De esta forma se inician las tendencias.
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Una de las cosas que más me sorprendió del paso del mundo académico al financiero fue la imposición del “uniforme de trabajo obligatorio”. Al principio no entendí porqué llevar traje y corbata mejoraría la gestión de un Fondo o la rentabilidad del cliente, pero con el tiempo lo fui comprendiendo.
La corbata en un traje tiene un extraño poder. Permite engañar más fácilmente, no sólo a los demás, sino a los que la llevan puesta. Así, si nos paseamos por algún centro financiero (la City de Londres, Wall Street en NY, incluso la zona de Azca en Madrid), veremos con qué orgullo y placer los especímenes del sector financiero pasean —eso sí, a toda prisa— sus trajes de Armani y Hugo Boss. Casi parecen exigir que el resto del mundo se pliegue a sus deseos y voluntades, elevados por la autoridad que les provee llevar el uniforme oficial.
Otros dirán que se trata de respeto y etiqueta. Pero eso es desviarse de la cuestión. El efecto del inexistente traje del emperador es innegable. Yo mismo lo experimenté al enfundarme en él durante muchos años. Y ahora podemos verlo en acción en este vídeo de 2003 (no ha perdido actualidad), tras el salto. Al desnudo, sin tapujos, sin eufemismos, el video destapa en poco más de dos minutos toda la verdad sobre la industria de los fondos de inversión y cómo los argumentos de autoridad mantienen a los clientes pacíficamente dormidos y sin causar excesivos problemas a la industria, desastre tras desastre, robo tras robo.
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Todavía recuerdo mi incredulidad y estupor cuando, allá por el año 2000, mi entonces profesor de riesgos nos contaba con toda naturalidad que la medida conocida como VaR se estaba por fin imponiendo como un estándar en la industria de la gestión.
El VaR, sin recurrir a fórmulas y en lenguaje llano, es un número que nos dice con qué probabilidad podemos esperar perder una cierta cantidad de dinero —o más—, en un plazo de tiempo determinado.
¿O más…?
Sí, por lo menos perderíamos “esa cantidad”, con esa probabilidad, y en ese plazo. El VaR (abreviatura en inglés de “Value at Risk” o Valor en Riesgo, una medida que tiene que aparecer en el folleto de todos los fondos comercializados) nos dice que si se da esa probabilidad, perderemos una cantidad que será mayor o igual a la medida que da el VaR. Por ejemplo, el Fondo A tiene un VaR al 99% (de probabilidad) del (perder por lo menos) -2% en el plazo de un mes. Esto significa que hay una probabilidad del 1% de perder en un mes por lo menos un -2% de lo invertido.
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Una manera de reducir la ansiedad ante lo impredecible es intentar describir de alguna forma el riesgo al que nos exponemos. Al creer que estamos acotando y delimitando la realidad, nos sentimos más seguros pensando que nada malo puede sucedernos más allá de los muros imaginarios que hemos fabricado con nuestros conceptos.

En el mundo de la gestión financiera y sus productos, tan dado a representar su realidad a través de metáforas numéricas y conceptuales, es muy popular asociar el riesgo de una inversión a dos conceptos matemáticos que han acabado haciéndose muy populares. El primero es la volatilidad o desviación estándar (σ). Y el segundo el VaR, del que hablaremos en otra ocasión.
Antes de empezar a aburrir al lector con definiciones ortodoxas, me gustaría recordar algo que Einstein solía recomendar a sus colegas: No puedes afirmar que comprendes realmente algo hasta que no eras capaz de hacérselo entender a tu abuela. Si tuviera que explicar lo que es la volatilidad, con palabras de mi abuela, diría que no es más que una forma de medir “cuánto se mueve algo”. Así, mi abuela entendería intuitivamente que las olas del mar en un día de verano son mucho menos volátiles que durante una tormenta tropical.
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Hacer la quiniela semanal con los amigos suele ser más un entretenido ejercicio social que una estrategia de especulación. Sin embargo, los chicos de Centaur Corporate (un hedge fund con oficinas en Londres) han querido llevar al terreno profesional de la gestión de fondos algo parecido a nuestras entrañables peñas quinielistas (en las que siempre seguirá siendo divertido participar, sobretodo si es por una buena causa).
La pregunta clave es ¿cómo dar el salto de la apuesta entre amigos a la gestión profesional? La respuesta está implícita en la pregunta, al darnos cuenta de que generalmente somos muy poco imparciales —y bastante emocionales—, en cuanto al deporte se refiere. Como me recordaba un antiguo colega gestor de fondos, todo el mundo se considera experto tanto en Bolsa como en fútbol, por lo que es muy difícil poner de acuerdo a más de dos personas.
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Hace unos años se hizo muy popular un indicador que revelaba las posiciones en los mercados de futuros de los especuladores profesionales. Al operar en futuros, el trader tenía que declararse o bien como un “comercial” (y por lo tanto empleaba futuros para cubrir el riesgo de su negocio en la economía real), o bien como “especulador”.
La información la agrega el CFTC (Commodity Futures Trading Commission) en lo que se conoce como el informe COT (Commitments Of Traders). La idea subyacente era usar las posiciones netas de los especuladores como indicador adelantado —se les supondría cierto poder adivinatorio— de hacia dónde se podría mover el mercado en el corto o medio plazo. Lo malo es que dentro de la categoría de especulador caía todo lo que no era “comercial”, por lo que tras algunos éxitos puntuales, su fiabilidad y popularidad fueron cayendo con los años.
La cosa cambió hace unos meses cuando en octubre de 2009 el CFTC, presionado por la opinión pública y política para ofrecer una mayor transparencia en el funcionamiento de los mercados financieros, decidió ofrecer abiertamente los datos desglosados de los participantes en los mercados de futuros desde junio de 2006. Esta nueva información está generando multitud de nuevos informes que arrojan, por fin y con datos concretos encima de la mesa, luz sobre el alcance real de la actividad especuladora. El nuevo informe ha pasado a llamarse DCOT (Disaggregated Commitment Of Traders), desglosado en las siguientes categorías:
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Buscando un fácil y rápido culpable, políticos y medios de comunicación hicieron responsables de la actual crisis (entre otros) a los especuladores con posiciones cortas. (Una posición corta en mercado es aquella que produce un beneficio cuando el precio del subyacente cae, pues se ha vendido en primer lugar el activo para obligatoriamente recomprarlo más tarde).
En otras palabras, la tesis implícita es la de que los vendedores cortos habrían manipulado con sus posiciones el mercado, provocando artificialmente su caída, enriqueciéndose “ilegítimamente”, y devastando la economía real en el proceso. Por lo tanto merecerían, si no un castigo, limitar drásticamente a partir de ahora su libertad de acción en los mercados.
Nada más lejos de la realidad. En un reciente estudio llevado a cabo por Engelberg, Reed y Ringgenberg en la Universidad de North Carolina, se analizaron todas las ventas cortas realizadas en el NYSE entre enero de 2005 y julio de 2007. Los resultados mostraron que las posiciones especulativas a la baja se iniciaban siempre después de que las compañías realizasen anuncios públicos sobre la propia marcha y estado de la empresa, nunca antes.
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En el siglo XVIII, cuando la cartografía de nuestro planeta era incompleta y aún quedaban zonas por descubrir y explorar, algunos marinos soñaban con encontrar el llamado “Paso del Noroeste”. Se trataba de descubrir una ruta situada al norte de Canadá que les ahorrase tener que circunnavegar toda el continente americano por debajo del Cabo de Hornos para poder pasar del Océano Atlántico al Pacífico o viceversa. Los potenciales beneficios y ventajas geoestratégicas que se derivarían del comercio a través de dicho Paso no sólo animaban a exploradores y marineros intrépidos, sino que espoleaban también a los empresarios y gobiernos para subvencionar este tipo de “aventuras”.

No había entonces fotos de satélites ni datos que demostrasen la existencia o no de tal paso o “atajo”. Los intrépidos se aferraban a leyendas escuchadas a los propios indios o a su propia ilusión. La sola posibilidad de su existencia hacía que muchos tomaran el riesgo de aventurarse entre los peligrosos hielos del norte de Canadá. Uno de quienes lo intentó fue el Capitán inglés James Cook, para quien dicho paso fue, a pesar de intentarlo sin éxito sólo en una ocasión en 1778, una obsesión que le acompañó durante toda su vida.
En el mundo de la gestión del ahorro, la inversión y la pura especulación, existe un sueño similar, encontrar un particular “camino del noroeste”.
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¿Se imaginan una nueva ley que obligue a los restaurantes a servir los platos de una única manera, sólo a partir de unos ingredientes predeterminados y mediante un proceso totalmente prefijado? Todos los restaurantes servirían los mismos menús, apenas variando el orden o el tamaño de los platos. Por el “bien común” desaparecerían el arte y la creatividad de la mesa. No existirían ni Arzak ni la cocina experimental de Ferran Adrià. Intentar comer algo diferente sería tarea imposible, con todos los cocineros y restaurantes reducidos y confinados a copias de la cocina de un McDonald’s.
Quizá la sociedad se sentiría más segura con esa ley protegiéndola de posibles intoxicaciones. ¿Pero valdría la pena pagar un precio tan alto? Algo similar está sucediendo hoy con el debate en torno a las actividades de los Hedge Funds, limitando la creatividad y libertad de sus gestores.
El desconocimiento político, a nivel internacional, de la industria de los Hedge Funds llega a producir vergüenza ajena. Se hace responsable a una relativamente pequeña industria de la actual crisis, cuando es precisamente la falta de más especuladores en los mercados lo que ha ocasionado una volatilidad nunca vista desde 1929. Sabemos que algo va mal cuando hoy la prensa describe a los Hedge Funds de forma simplista en los siguientes términos:
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La pregunta más frecuente, y también la más inocente, de los que por primera vez intentan sacar beneficios especulando en los mercados financieros suele ser: ¿qué es lo que de verdad “funciona” en la Bolsa?
Cuando escucho la palabra “funciona”, entiendo que la persona que pregunta hace referencia a alguna guía, señal o indicador que le permita especular con éxito. Dejando a parte el delito de emplear información privilegiada, lo cierto es que los neófitos suelen creer que el éxito en los mercados depende de tener acceso a un conocimiento oculto, proporcionado por ciertos oráculos o fórmulas secretas que sólo unos pocos conocen. La respuesta, evidente para los curtidos en la arena, es que tales señales mágicas no existen.
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—No se preocupe, la Bolsa a largo plazo siempre sube—, replicó el director de la sucursal bancaria ante las quejas de Juan Nidea, quien se preguntaba cuántas décadas eran ahora necesarias para considerar su inversión como “de largo plazo”.
Hace ahora 10 años, Juan acudió a esa misma entidad (la de “toda la vida”) para invertir sus ahorros en el entonces prometedor y tan de moda índice NASDAQ. Hoy, víctima de las redes de distribución de Fondos “mono-apuesta”, aún está perdiendo más de la mitad de lo invertido (sin contar la inflación). Lo que significa que el NASDAQ tiene que subir más de un 100% para recuperarse. (Aunque peor está su homólogo japonés, que hace 22 años invirtió sus ahorros en el índice Nikkei y hoy aún pierde más del 70%).
“Comprar y mantener” (Buy&Hold, estrategias “long only”) no puede calificarse de estrategia válida para un ahorrador porque no nos dice cuándo debemos cerrar la operación, y por lo tanto no podemos estimar el resultado ni tomar una decisión racional. Desde el punto de vista en el que clasificamos los cuatro únicos tipos de apuestas que hay, este tipo de “inversión” sería una mala apuesta por definición.
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La “Fórmula del Dinero” es, como la justicia, ciega e implacable. No sabe si eres hombre o mujer, negro o blanco, joven o viejo. No discrimina por inteligencia, grado de preparación o físico, ni por nivel educativo o social. No distingue entre intenciones honestas o fraudulentas. No atiende a nuestros deseos ni a nuestros miedos o necesidades. Para nuestra indiferente Fórmula, todos los especuladores somos iguales: Sólo importa el valor de la Esperanza Matemática que obtenemos de nuestra estrategia.
Por ejemplo, le da igual si nos concentramos en la calidad de nuestras apuestas, intentando que cada apuesta sea lo más razonable posible o que cuente con la máxima probabilidad de resultar ganadora. O si preferimos, como vimos en los ejemplos del jorobado y Taleb, centrarnos en intentarlo innumerables veces, pero con pocas esperanzas de acertar en cada una de ellas.
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Jesús Leonardo se pasa 10 horas al día rebuscando entre la basura de una casa de apuestas de Manhattan. Su “trabajo” le reporta legalmente una media de 45.000$ al año. Su “estrategia” es muy sencilla, recoge los cientos de boletos que los demás tiran a la basura y sistemáticamente comprueba si tienen premio o no. Jesús gana cada vez que encuentra un billete ganador abandonado. Mientras la inmensa mayoría carecen de valor (o le restan el coste de oportunidad del tiempo que emplea buscando, y que podría pasar empleado en un trabajo “normal”), de vez en cuando encuentra un ticket con premio por valor de 100$ ó 50$. El proceso al que apuesta Jesús es un proceso con Esperanza Matemática positiva si es capaz de acumular suficientes “sucesos” (boletos) en su búsqueda. Un día normal de trabajo se podría resumir así:
$ = (100 + 50) – (0 + 0 + 0 + 0 + 0 + 0 + 0 + 0 + 0 + 0 + 0 + ···)
En el mundo de las carreras de caballos se llama “jorobado” al que dedica su tiempo y energía a chequear los cientos o miles de billetes al día desechados por otros. Representan una versión extrema de aplicación de la Esperanza Matemática. Como la de algunos gestores de fondos “extremos” y marginales que se alejan de la corriente principal.
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Apostar, entendiendo el término como una manera pro-activa de especular, sólo admite cuatro tipos diferentes de clasificación. A priori están las (1) buenas apuestas y las (2) malas apuestas. Y a posteriori están las (3) apuestas ganadoras y (4) apuestas perdedoras.
Como las cuatro únicas maneras diferentes de ponerse una camiseta que aprendimos de niños en el campamento, no hay más.
Una buena apuesta es aquella que, dentro de una estrategia de especulación, por la ley de los grandes números, converge claramente hacia un valor positivo de Esperanza Matemática. Una mala apuesta será aquella que caiga dentro de estrategias con esperanza matemática indeterminada o negativa, como por ejemplo la lotería o comprar y mantener en Bolsa.
Cuando me preguntan qué es lo peor que puede suceder cuando empezamos a especular, la respuesta es clara: Ganar una apuesta perdedora.
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Si el mundo fuera predecible, determinista, una aproximación correcta a la inversión y especulación pasaría por un mayor esfuerzo de análisis centrado en los factores que determinarán su futura evolución (por ejemplo, la posición de Júpiter en el cielo dentro de 20 años, aplicando la dinámica clásica de Newton). Pero siendo el mundo en el que vivimos en su gran mayoría no predecible ni determinista, dominado por lo aleatorio (especialmente en lo relativo a todo lo social y complejo, es decir, el mundo en el que vivimos inmersos día a día), la única aproximación correcta a la especulación es la que nos da la óptica de la estadística.
Así, en un mundo en el que no es posible determinar qué equipo de fútbol ganará la liga, qué empresa será ganadora o perdedora en el futuro, o qué hará el IBEX-35 mañana o dentro de un año; sólo a través de estrategias que nos den una Esperanza Matemática positiva, podremos aproximarnos a métodos que nos den esa ventaja estadística necesaria para lograr el éxito en un entorno impredecible.
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Cuando algo no va bien, lo más fácil es echarle la culpa a alguien, sobretodo si es indefinido. En los años ’80, estaba de moda echarle la culpa a “los árabes”, cada vez que el mercado recortaba sin motivo aparente. Se suponía que había fuertes actores del mercado escondidos detrás de la riqueza petrolífera de Oriente Medio, como cuenta Michael Lewis en su siempre interesante “Liar’s poker”.
Hoy está de moda echarle la culpa a los especuladores, personificados en esos misteriosos entes llamados Hedge Funds (sobre los que hablaremos en profundidad en el futuro). Se les acusa sobretodo de precipitar y empujar los precios más allá de lo “razonable” (si es que el término tiene sentido), perjudicando en última instancia a la economía real.
Imaginemos por un momento que el Gobierno pudiera interferir en la formación de precios “por ley”, como están intentando concretar actualmente contra las posiciones cortas (bajistas), o como ocurrió con las cebollas en Michigan, USA, en 1958.
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Seamos honestos, la mayoría de la gente que se acerca a los mercados financieros lo hace porque espera encontrar una manera rápida de enriquecerse. Al fin y al cabo, por pura probabilidad, la mitad de los principiantes ganará dinero en su primera operación en Bolsa. Lo que deja una buena cantidad de “interesados” (clientes para los brokers) que seguirán creyendo que el camino a una riqueza rápida y sin esfuerzo, existe.
Sin embargo, y sin saberlo probablemente, tanto los afortunados como los que no tuvieron suerte, habrán ejecutado ambos el primer paso de la fórmula del dinero. La fórmula existe, lo difícil es aplicarla. Como perder peso mediante una dieta, o como decía Tolstoi: “Es más fácil redactar una docena de volúmenes sobre principios filosóficos que poner en práctica uno sólo de ellos”.
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