Todos aprendimos a arbitrar en el colegio, y eso engancha (por supuesto fuera del aula, donde se aprende lo que vale la pena en la vida).
La situación podría resumirse así: Luisito sabe que a Joanet, de 1º-A, le gustan los chicles; y que a Arcadi, de 1º-C, los bocatas de Nocilla. Un día ve que Arcadi saca de la cartera un paquete de chicles y toma uno con desgana. También sabe que la madre de Joanet siempre le prepara bocatas de Nocilla que nunca termina y a veces ni empieza. Luisito ya tiene todo lo que necesita. Se acerca a Joanet y le dice que si le da el bocata que no quiere, le ofrecerá chicles, pero que a cambio tiene que pasarle las respuestas de los deberes de ayer (que Luisito no terminó por pasar demasiado tiempo en el Facebook). En pocos minutos consigue los chicles de Arcadi a cambio del bocata de Joanet y se liquidan las transacciones, habiendo conseguido Luisito un beneficio sin riesgo.
El diccionario define arbitraje como aquella operación en la que se compra y vende simultáneamente un mismo activo en dos mercados diferentes a precios distintos ganando la diferencia sin asumir riesgos. Y eso es precisamente lo que pensaban que estaban haciendo los españoles, tan adversos al riesgo, durante la última década.
Lo vivimos durante los años del boom inmobiliario, cuando todos teníamos un amigo o vecino que se enriquecía mediante los famosos “pases”. A saber, una operación inmobiliaria en la que se compraba sobre plano un piso y se revendía al cabo de unos meses con espectaculares plusvalías. Lo curioso de la operación es que, mientras duró la dinámica de burbuja, se la calificaba como operación “sin riesgo”:
—Que sí, que es algo seguro, compras ahora y vendes en un par de meses, total los pisos nunca bajan, ya lo sabes, no hay riesgo.
Así, todos los que se quedaron “pillados” en un “pase” durante las últimas fases de la burbuja no fue porque estuvieran especulando y les saliera mal (creían verdaderamente estar arbitrando), sino porque mientras cerraban sus mágicos arbitrajes, los bancos “cerraron el grifo” del crédito a un “negocio seguro”. Nadie era consciente de estar especulando, sino de dar “pelotazos” sin riesgo.
Como ya describía El Quijote hace cuatro siglos, el español no se embarca en operaciones arriesgadas o empresas de porvenir incierto, no construye su futuro. Desgraciadamente, el español ni especula ni emprende. Al contrario, o cree estar arbitrando, o espera que le resuelvan los problemas.