Para mí, las imágenes menos esperanzadoras de España en esta crisis se resumen en dos eventos ocurridos a finales del año pasado. El primero se repetía diariamente los días previos al sorteo de lotería de Navidad, con miles de personas haciendo cola bajo la lluvia frente a administraciones de lotería de todo el país para conseguir un boleto. El segundo, una muchedumbre de 58.000 personas haciendo cola para unas oposiciones de policía en Madrid.

Estas dos escenas representan para mí el mayor obstáculo de España para salir de la crisis, una misma actitud frente a la adversidad y la incertidumbre: la suposición subyacente de que tiene que ser “otro” (el Estado, la Fortuna o cualquier otro ente superior, público o divino) quien se ocupe de nosotros y nuestro futuro.

España no es ni un país de emprendedores (el 94% de los universitarios sueña con ser funcionario o asalariado “fijo”) ni de amantes del riesgo (los fondos garantizados y depósitos baten récords de suscripción en nuestro país). Ni siquiera lo es de especuladores, como se podría imaginar tras el boom inmobiliario. España sigue siendo desde mi punto de vista un país de arbitrajistas frustrados en busca del pelotazo fácil (pasando a escorar entonces hacia el capitalismo) o en su defecto que sean otros los que nos resuelvan la vida (volviendo a soñar con un socialismo paternalista).