¿Se imaginan una nueva ley que obligue a los restaurantes a servir los platos de una única manera, sólo a partir de unos ingredientes predeterminados y mediante un proceso totalmente prefijado? Todos los restaurantes servirían los mismos menús, apenas variando el orden o el tamaño de los platos. Por el “bien común” desaparecerían el arte y la creatividad de la mesa. No existirían ni Arzak ni la cocina experimental de Ferran Adrià. Intentar comer algo diferente sería tarea imposible, con todos los cocineros y restaurantes reducidos y confinados a copias de la cocina de un McDonald’s.
Quizá la sociedad se sentiría más segura con esa ley protegiéndola de posibles intoxicaciones. ¿Pero valdría la pena pagar un precio tan alto? Algo similar está sucediendo hoy con el debate en torno a las actividades de los Hedge Funds, limitando la creatividad y libertad de sus gestores.
El desconocimiento político, a nivel internacional, de la industria de los Hedge Funds llega a producir vergüenza ajena. Se hace responsable a una relativamente pequeña industria de la actual crisis, cuando es precisamente la falta de más especuladores en los mercados lo que ha ocasionado una volatilidad nunca vista desde 1929. Sabemos que algo va mal cuando hoy la prensa describe a los Hedge Funds de forma simplista en los siguientes términos:
1.- No cumplen con los requisitos legales del organismo regulador (CNMV en España); luego ¿son ilegales?
2.- Sus estrategias son “secretas”; ¿por lo tanto dignas de sospecha?
3.- Su actividad especuladora desestabiliza la economía real. ¿Realmente?
4.- Sus clientes (no institucionales) suelen ser personas muy ricas. ¿Y?

Es decir, se trataría de un negocio potencialmente “fuera de la ley”, llevado a cabo por personas que ocultan deliberadamente su manera de hacer, perjudican la economía real con sus actividades, y cuyos clientes no son precisamente los más populares actualmente. ¿Existe algún candidato mejor a culpable de todos los males que nos afectan?
(1) Un Hedge Fund no es más que un vehículo legal por el que un gestor invierte el dinero de sus clientes con la esperanza de obtener una rentabilidad. Clientes que libremente asumen el riesgo de que la estrategia empleada por el gestor ofrezca beneficios o no. Cuando no consigue sus objetivos, el Fondo se disuelve, como le ocurre a cualquier otra empresa que no funcione dentro de una economía sana. Cuando un Hedge Fund va bien, no tiene capacidad para alterar la economía real. Cuando va mal, sólo perjudica a sus clientes.
Lo único que diferencia a un Hedge Fund de uno de los 3.000 Fondos de Inversión tradicionales registrados en la CNMV, es el empleo de instrumentos alternativos (o no) y estrategias diferentes al sota, caballo y rey de la industria local. Una industria local en la que sólo se encuentran diferencias en cuanto a las acciones/bonos que compran, y qué porcentaje de la cartera dedican a la renta fija. Pero hay más, mucho más. Existe todo un universo de ideas de gestión, de las que las variantes long-only son sólo una pequeña isla.
(2) Por lo tanto, si un gestor quiere poner en práctica alguna estrategia que implique ingredientes o un cocinado diferente al de la regulación del país donde pretende comercializar su producto, forzosamente tiene que “salir fuera” y establecer su producto allí donde le permitan comercializarlo. (Actualmente la CNMV ya permite registrar Fondos con estrategias diferentes a las ordinarias, aunque su aceptación por parte del público se ha visto tremendamente perjudicada por la crisis y la negativa publicidad que hoy analizamos).
El trabajo del gestor será pues ajustar y controlar el nivel de riesgo a lo que sus clientes esperan. Su ventaja competitiva es aplicar su estrategia en los mercados financieros. Su valor como gestores reside pues en su trabajo intelectual, fruto de su esfuerzo y creatividad, por lo que necesariamente tienen que guardarlo a salvo de la competencia.
(3) Ya hemos visto anteriormente que la actividad de los Hedge Funds apenas ha tenido repercusión en la actual crisis. Al contrario, ha sido precisamente la falta de más Hedge Funds la que ha profundizado y empeorado la crisis. Si los casos de John Paulson y Michael Burry no hubieran sido excepciones, tal vez los movimientos financieros se hubieran suavizado (absorbido volatilidad) y la situación no sería tan dramática como lo es ahora. Si hubieran habido suficientes Hedge Funds apostando contra los derivados basados en la burbuja inmobiliaria, tal vez su tamaño no habría crecido tanto como para ahogarnos hoy, ni su desplome hubiera sido tan brutal como para poner en peligro la economía mundial.
(4) Muchas veces olvidamos preguntarnos cuánta riqueza y puestos de trabajo han generado esas personas a las que simplemente por haber llegado a ser ricas, la sociedad mira con desprecio y envidia. Curiosa actitud.
En resumen, la industria de los Hedge Funds representa la forma más pura de creatividad aplicada a la especulación. Absolutamente incapaces de condicionar la economía llamada real, sus gestores son la máxima expresión en cuanto a la comprensión de lo que podría ocurrir en el mundo en un futuro inmediato. A diferencia de sus primos lejanos los economistas, excelentes explicando el pasado, los gestores Hedge apuestan su patrimonio, su empresa y su credibilidad, a su comprensión del mundo y lo que podría devenir. Impopulares por apostar generalmente contra lo políticamente correcto, a través de sus acciones buscan una realidad que los demás negamos aceptar, equilibrando esa misma realidad con un poco de sentido común.
Benjamin Franklin decía que aquellos dispuestos a sacrificar su propia libertad para comprar un poco de seguridad, no merecen ni Libertad ni Seguridad. No le concierne al Estado ni qué o dónde me apetece comer, o con quién hago negocios o invierto mis ahorros. El Estado debe garantizar la ausencia de fraude en los procesos e ingredientes, pero no limitar nuestra libertad como individuos. En última instancia, se trata de decidir hasta dónde queremos dejar que el gobierno regule nuestras actividades.
Porque como aprende cualquier aprendiz de cocina en prácticas, por mucho que se empeñe, no se puede cocinar una paella dentro de un McDonald’s.