Sin límites

¿Cómo sería la experiencia de ver los mercados desde el punto de vista de un genio? ¿Qué cosas podríamos pensar y deducir que ahora se nos escapan? ¿Hasta dónde podríamos llegar si nuestra capacidad mental no tuviera límite?

En la película “Sin límites”, Eddie (Bradley Cooper, el héroe de “Resacón en Las Vegas”) intenta inútilmente escribir un libro desde hace ya muchos años, mientras su vida se le escapa por el fregadero de su cocina. Casualidades del guión, en su peor día un amigo le ofrece una pastilla mágica, alto secreto farmacéutico llamado NZT, que activará y potenciará hasta el máximo su cerebro, convirtiéndole así en un lo que él mismo llamará “una versión altamente mejorada de uno mismo”.

A partir de ahí, todo será transparente y claro para Eddie, incluidos por supuesto el futuro de los mercados financieros. Con sólo leer por encima las noticias y visualizar unos gráficos, será obvio qué acciones tiene que comprar y vender apalancadamente, para convertir en pocos días unos miles de dólares en varios millones.

¿Qué trader no ha soñado alguna vez con encontrarse un pendrive procedente del futuro con los datos históricos de los mercados de los próximos diez años? Sin ir más lejos, en 2002 la web financiera de Yahoo nos gastaba esa broma con la falsa noticia de que la SEC había detenido a un individuo que había conseguido cientos de millones de dólares especulando con opciones, a partir de sólo unos cientos de dólares iniciales. Dicho individuo declaró ante el juez que prometía devolver todo el dinero. Eso sí, tenían que dejarle meterse de nuevo en su máquina del tiempo, que había convenientemente escondido en Central Park, para volver al siglo XXIII de donde procedía.

Bromas a parte, es ese sueño de ver el futuro con la misma nitidez que como vemos el pasado, de ver más allá, el que da sentido etimológico a la palabra “especular”, del latin “speculari”, “ver (más lejos) desde una atalaya”. El especulador siempre busca, necesita, ver un poco más allá de lo presente e inmediato para poder tomar hoy decisiones que espera le sean rentables en el futuro. ¿Qué mayor ventaja sobre el resto que “ver” anticipadamente las “conclusiones lógicas” a donde se dirige ese inmenso engranaje que sería el mundo?

La idea de la película no es nueva. Sin ir más lejos, esa misma idea de asociar “presciencia”, o la capacidad de ver el futuro, a una mente ilimitada, ya la tuvo el matemático francés Laplace hace dos siglos mientras contribuía a la mecánica racional y determinista que se estaba entonces completando. La visión de que si pudiéramos llegar a tener en cuenta toda la realidad, el futuro se nos presentaría como algo lógico y predecible, obvio como lo es ahora todo lo ocurrido en el pasado. En sus propias palabras:

“El intelecto que en un momento dado conociese todas las fuerzas que animan a la Naturaleza y las posiciones de los seres que las componen, si ese intelecto fuese tan vasto como para someter esos datos al análisis, sería capaz de abarcar en una única fórmula el movimiento de los mayores cuerpos del Universo y el del más liviano de los átomos. Nada podría ser incierto para él, y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos”.

Probablemente Laplace, cuando hablaba de ese “intelecto” tenía más en mente a la figura de Dios, que a un guaperas y autocomplaciente escritor “mejorado” por una pastilla mágica. Pero la hipótesis es la misma: Tanto Laplace como la película se sustentan en la creencia de que si tuviéramos suficiente información y fuéramos capaces de procesarla, podríamos entre otras cosas prognosticar el futuro de los mercados con la certeza que muestra Eddie:

—“Si tenemos en cuenta todos los factores que afectan al mercado, sabremos con certeza qué hará mañana el Dow Jones”.

En ese sentido, Laplace y Eddie, a pesar de no parecerse mucho físicamente, son idénticos. Ambos creen que no es el mundo el que es impredecible. Seríamos nosotros, muy limitados y realmente torpes, los que no somos capaces de “ver” suficiente y por ello se nos aparece como algo caótico.

Desgraciadamente, la verdad es otra: Nuestra capacidad de predecir el futuro no depende de cuán inteligentes seamos, sino sobre todo de la propia naturaleza de la realidad, que nos impone sus propios límites debido a su propia naturaleza.


Caos determinista

 

Ni siquiera un juego aparentemente tan simple como el billar, incluso conociendo con una precisión infinitesimal las posiciones y momentos iniciales de las bolas, permite predecir más allá de unas pocas colisiones cómo se situarán sobre la mesa las bolas en el futuro. Aunque conocemos perfectamente las ecuaciones que rigen su movimiento y tenemos toda la información sobre los elementos que intervienen (es decir, no pueden, por definición, suceder shocks externos), somos incapaces de saber cómo quedará dispuesta una mesa de billar tras, por ejemplo, 100 colisiones. Si dibujamos las trayectorias de los dos o tres primeros choques veremos que, por pequeña que sea la distancia b, al cabo de suficientes colisiones las trayectorias divergen de una manera que hace imposible predecir su disposición. De la misma forma, deberíamos dejar de construir castillos en el aire con nuestro particular “billar mental” a la hora de invertir. Concatenaciones de argumentos al estilo de “Si en julio la cosa pinta mal y Bernanke prolonga el QE a una 3ª tanda, entonces bajará el dólar, entonces subirá el Euro, entonces les costará exportar a los alemanes, entonces vendo Siemens”; son incluso más absurdas que predecir el tiempo que hará en la playa de Cullera dentro de un mes. No se trata de ser lo suficientemente inteligente, sino de ver que cada paso es incierto, borroso; añadiendo incertidumbre a una cadena que ni siquiera sabemos cómo se va a comportar, pues la percepción del mercado puede cambiar de forma abrupta en cualquier instante.

Es la extrema sensibilidad a las condiciones iniciales la que impide conocer el futuro de un sistema regido paradójicamente por leyes deterministas. Como decía la Princesa Irulan en Dune:

“Toda Hermana Bene Gesserit sabe perfectamente que es en el momento de empezar cuando hay que cuidar atentamente que los equilibrios queden establecidos de la manera más exacta“.

Si esto es así para un ejemplo tan simple como unas inertes bolas de plástico encima de una mesa bien visible, ¿qué podremos decir de sistemas donde intervienen millones de personas con libertad cada una para elegir individualmente? Las condiciones iniciales en el caso de los mercados escapan ya a cualquier modelización, al tener cada persona su propia visión del mundo. Si añadimos las interacciones con su entorno, y cientos de iteraciones posteriores, lo que nos queda es un fenómeno, el de los mercados financieros, impredecible en el sentido clásico de Laplace.

Ojo, que no sea predecible en el sentido clásico no significa que no existan métodos con los que extraer rentabilidad a ciertos fenómenos que, como los tornados en la atmósfera, muestran cierta regularidad pasajera dentro del caos. Pero ese es otro tema, puesto que lo que estamos discutiendo es si una extrema clarividencia podría contar con ventaja a la hora de invertir.

 

No más felices

 

Nos queda un último consuelo frente a la inexistencia de la píldora NZT (o la Melange de Arrakis, el Cortexiphan de Fringe o cualquier otra metáfora de la presciencia). Sabemos ahora que no nos sería muy útil para incrementar nuestra rentabilidad en los mercados. ¿Sería útil entonces para hacernos más felices? Según la película parece que sí, pero si nos fijamos precisamente en aquellas personas con capacidades cognitivas similares a las que adquiere Eddie, la respuesta tiende más bien a ser negativa.

Y es que desgraciadamente, en contra de la sabiduría popular (“cuanto más listo, más dinero se hace”), una gran capacidad coginitiva suele estar más correlacionada con sufrir problemas psicológicos que con obtener grandes rentabilidades. Unos problemas, como dificultades de adaptación social, obsesiones y paranoias; que no ayudan precisamente a ser más feliz, sino todo lo contrario.

Baste recordar que cuando Ed Seykota buscaba encontrar traders para su equipo, descubrió que los peores eran precisamente aquellos que presumiblemente eran los más capacitados intelectualmente: Matemáticos, Economistas e Ingenieros perdían sistemáticamente el capital que les asignaba, especialmente si habían alcanzado el grado de Doctor, PhD. Mientras, otros perfiles como por ejemplo soldados ex-combatientes del Vietnam, solían mostrar las mejores rentabilidades con menor riesgo. El problema lo tenían los “PhD” con su cerebro, que les hacía obsesionarse con lo que “lógica y racionalmente” tenía que hacer el mercado. Y cuando el mercado se movía en su contra eran incapaces de reconocer que “su gran inteligencia” se había equivocado. Algo que los que volvían de Vietnam habían interiorizado muy bien: huir en cuanto aparece el más mínimo indicio de peligro. Los soldados cortaban las pérdidas rápidamente, sin importarles su “comprensión” de lo que ocurría en el mercado. Paralelamente, dejaban correr los beneficios cuando aparecían, como Seykota les enseñó. El resultado con los soldados era un proceso con Esperanza Matemática positiva, por lo que acababan ganando dinero, sin necesidad de ser “los más listos” (o gracias a ello).

René Descartes lo dijo de esta forma: “Otros han tenido mentes más poderosas que la mía, pero han logrado menos porque sus métodos no eran los adecuados“. Lo que quiere decir Descartes, aplicado a los mercados, es que si enfocamos el problema desde un marco conceptual equivocado, nuestra capacidad intelectual, por muy alta que sea, no servirá de nada. El ejemplo más impactante es el de Issac Newton, que tras revolucionar la Física y las Matemáticas (con métodos que resultaron correctos), dedicó la mayor parte de su vida a la Alquimia, obviamente sin conseguir ningún resultado. El problema no era su falta de inteligencia y medios, sino que las bases de la Alquimia con las que partía son de por sí erróneas.

Efectivamente, Newton fue uno de los más grandes genios que ha dado la humanidad, sin duda con capacidades más allá de las que el NZT le puede dar a Eddie. Sin embargo, a pesar de su genio, sus contactos en las altas finanzas y lo bien informado que estaba, no supo prever el crash de la Compañía de los Mares del Sur, con la que perdió una fortuna. Por no decir que su vida personal, a pesar de sus “mejoradas capacidades cognitivas” innatas, a años luz de cualquier otro ser humano, no fue lo que se puede llamar una vida feliz, arrastrado muchas veces por la paranoia y la depresión. Él mismo reconoció las limitaciones que hemos comentado con una sentencia que resume perfectamente este post, y que podría servir como epílogo realista de la película: “Puedo predecir con precisión el movimiento de estrellas y planetas, pero no la locura de las gentes“.

 

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3 comentarios

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  1. Excelente artículo, distendido, ameno, entretenido y muy currado. Mis felicitaciones.
    Un saludo

  2. Anibal

    Excelente

  3. luis segovia

    No me queda la menor duda , que la inteligencia la CI y la CE , en forma mixta lleva a un destino mejor que solo uno de ellos , el problema de los de CI muy alto es que se convierten por lo general en puentes rotos donde nadie los pasa , y en el camino de las inversiones hay que explorar todos los caminos .
    Gracias por tu extraordinario articulo.

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